2013-10-12

Correo del Orinoco

 

Edición de Septiembre 30 /2013

 

El Grupo Gran-Colombia (GGC) es una organización sin fines de lucro, absolutamente independiente de todo grupo político, religioso, empresarial o gubernamental, cuyo desafío fundamental es encontrar y usar los medios necesarios para lograr una progresiva evolución hacia una sociedad libre, formada por ciudadanos ilustrados y responsables, que acierten a protegerse, mediante un esfuerzo común, contra el miedo, la necesidad y la opresión, sea interna o externa.

 

 

En esta edición:

1)      Sobre el discurso del rey de Holanda – Mauricio Rojas

2)      El populismo es esencialmente inmoral – Roberto Cachanosky

3)      La marihuana, el sexo y Ámsterdam – Jeffery A. Miron

4)      Chile: Los revolucionarios y el 11 de septiembre – Mauricio Rojas

5)      Entrega del país a los castristas – Jacques Thomet

6)      Los peligros de la envidia – Alberto Benegas Lynch

 

 

1.             Sobre el discurso del rey de HolandaAutor: Mauricio Rojas

 

El discurso del nuevo rey de Holanda, Guillermo Alejandro, sobre la necesidad de sustituir el “clásico Estado de bienestar de la segunda mitad del siglo XX por una sociedad participativa” ha abierto una discusión central sobre nuestro futuro. Su idea básica es simple: el Estado benefactor, esa especie de déspota ilustrado que pretendía resolver los problemas vitales de la gente “desde arriba”, dándole soluciones decididas por y administradas desde el aparato burocrático-estatal, se ha transformado de solución en problema, de impulsor de un cierto progreso en obstáculo para el mismo. Sus estructuras y respuestas, propias de la época de las jerarquías centralizadas y la estandarización, lastran hoy el progreso de una sociedad cada vez más diversa, donde las respuestas eficientes y satisfactorias a nuestros retos vitales sólo pueden ser modeladas por los ciudadanos mismos, “desde abajo” y sin intermediarios, a partir de sus condiciones y proyectos de vida cada vez más disímiles.

 

“La gente quiere decidir por sí misma, organizar su vida y cuidar unos de otros”, dijo el rey. Hacerlo posible es nuestro gran desafío, transformando el Estado benefactor del pasado en un Estado posibilitador, cuyo norte sea ampliar la libertad de los ciudadanos y no sustituirla. David Cameron lo ha planteado con fuerza en su propuesta de una “Gran Sociedad”: “La Gran Sociedad es un enorme cambio cultural […] donde la gente, en sus vidas cotidianas, en sus hogares, en sus barrios, en sus lugares de trabajo […] no siempre se dirige a funcionarios, a las autoridades locales o al gobierno central buscando respuestas a sus problemas […] sino que, en vez de ello, se sienten libres y con el poder necesario para ayudarse a sí mismos y a sus propias comunidades”. Los suecos lo han venido realizando desde hace ya unos veinte años, pero a su manera, silenciosamente, en lo que The Economist acertadamente llamó “La revolución silenciosa de Suecia”. Para ello le dieron al ciudadano, mediante un amplio sistema de cheques o bonos del bienestar, plena libertad de elección de los servicios garantizados públicamente y, a la vez, instauraron una plena libertad de emprendimiento en esos sectores, lo que rompió los monopolios estatales y renovó, desde la demanda y participación ciudadanas, los servicios del bienestar.

 

Para el pensamiento liberal ésta es una gran oportunidad y un gran reto. Debemos salir de la dicotomía Estado-mercado y redescubrir la sociedad civil, haciéndola el verdadero fin tanto del Estado como del mercado. Necesitamos un liberalismo asociativo basado en aquel “individualismo verdadero” del que hablaba Friedrich Hayek, aquel que nos hace libres asociándonos, creando comunidad, y no transformándonos en átomos que se dan las espaldas los unos a los otros.

 

 

2.             El populismo es esencialmente inmoral 

Autor: Roberto Cachanosky

 

Infinidad de veces me han preguntado por qué el gobierno argentino comete las barbaridades económicas que vemos a diario. ¿Por qué el Secretario de Comercio Interno, Guillermo Moreno, patotea a los empresarios, cierra la economía y otras torpezas más? ¿Por qué desde el Banco Central de la República de Argentina (BCRA) destrozan la moneda? En fin, ¿cuál es la razón de esta política económica destructiva?

 

Responder a este interrogante no es tan sencillo. Algunos lo explicarán desde la ignorancia y otros por cuestiones de resentimiento. Es posible que haya una mezcla de estos dos factores, pero, aunque parezca mentira, creo que en el fondo hay un problema de razonar la economía. El kircherismo-cristinismo ven el proceso económico como una lucha por la distribución del ingreso. Creen que si un sector tiene ganancias es porque otros salen perdiendo. No entienden que en economía todos pueden salir ganando sin que el Estado se meta a hacer las burradas que hacen ellos todos los días.

 

Esta visión de la economía como si fuera una guerra queda en evidencia en los discursos oficiales. Nos quieren invadir con productos importados. Tenemos que defender la producción nacional. Los empresarios tienen que moderar sus ganancias. Todo el discurso es en un tono de conflicto, el cual solo es solucionado por la “sabiduría”, “bondad” y “ecuanimidad” de la presidente. Es decir, si algo bueno pasa en la economía es porque ellos son los iluminados que hacen justicia con sus políticas, no porque la gente sea eficiente y competitiva. Sin duda que parte de este discurso puede obedecer al populismo que trata de captar votos diciendo: “gracias a mí, Uds. los marginados, tienen un ingreso mejor”. Y cuando el populismo se complica por falta de recursos para mantener la fiesta de consumo, jamás se va a aceptar los groseros errores cometidos. Todo se limita a denunciar conspiraciones ocultas que vienen a destruir la construcción de un proyecto bondadoso encarnado en una sola persona. Eso es parte del discurso político populista qué vaya uno a saber que fundamentos psicológicos tiene.

 

En rigor la economía no es una guerra donde unos ganan y otros pierden. Sí hay competencia entre empresas para ganarse el favor del consumidor. Esa competencia consiste en invertir para vender los mejores productos a los precios más convenientes para ganarse el favor del consumidor. Para ello se requiere inversión, capacidad de gestión y agregar valor. En ese proceso de inversiones se crean nuevos puestos de trabajo que aumentan la demanda de mano de obra y fuerzan los salarios al alza.

 

Al mismo tiempo, mientras más se invierte, más unidades se producen (aumenta la productividad), lo cual hace bajar los costos fijos por unidad producida, los bienes y servicios son más abundantes y baratos y mejora el nivel de ingreso de la gente. Pero no porque las empresas ganen menos. Las empresas ganan más porque venden más, a precios más bajos y mejores calidades. Su ganancia está en el volumen. El ejemplo que podemos dar es el de las computadoras. Cada vez tienen mejores procesadores, más capacidad de almacenaje de datos, etc. y los precios bajan o se mantienen. Con la telefonía celular ocurre algo similar. Obviamente estoy hablando del resto del mundo, no de Argentina donde gracias al modelo de sustitución de importaciones los “empresarios”, que en rigor en su mayoría son cortesanos del poder de turno, obtienen privilegios para no competir y perjudicar a los consumidores vendiéndoles productos de baja calidad y a precios más altos que en el resto del mundo. Basta con hacer una simple recorrida por los portales de internet para advertir las notebooks que se venden en EE.UU. y en Argentina, comparando precios y calidades.

 

Pero el gobierno no ve la competencia como un proceso por el cual los empresarios deben invertir y competir para ganarse el favor del consumidor. Por el contrario, consideran que la competencia no funciona y la producción, los precios de venta, los salarios y lo que tiene que producirse depende de una mente iluminada para ser exitosa. Hoy es Moreno el supuesto “iluminado” como en otro momento, con otros modales, fueron Bernardo Grinspun, José Bel Gelbard y tantos otros ministros de economía que consideraban que solo la “bondad” de los gobernantes lograba mejorar el ingreso de la gente frente a la avaricia de los empresarios, al tiempo que esa “avaricia” empresaria es alimentada cerrando la competencia a los bienes importados. Un razonamiento realmente para psiquiatras.

 

Dentro de este pensamiento autoritario en materia económica, que es una especie de iluminismo económico y monopolio de la bondad de los políticos, no hay lugar para entender que la competencia es un proceso de descubrimiento. Descubrir qué demanda la gente, qué precios está dispuesta a pagar por cada mercadería y qué calidades exige. Por eso el populismo económico inhibe la capacidad de innovación de la gente y los “empresarios” millonarios son, en su mayorista, simples lobbistas que hacen fortunas con negociados turbios gracias a sus influencias con los corruptos funcionarios. Es en este punto en que el intervencionismo deja de ser ineficiente para transformarse en esencialmente inmoral porque los beneficios empresariales no nacen de satisfacer las necesidades de la gente, sino de esquilmar los bolsillos de los consumidores. Y como para esquilmarlos necesitan el visto bueno de los funcionarios públicos, ese acuerdo se transforma enorme corrupción donde la riqueza surge de expoliar a la gente mediante pactos corruptos.

 

Pero como los populistas no son tontos, entonces empiezan a redistribuir ingresos en forma forzada para tratar de calmar a las masas tirándoles migajas de aumentos de sueldos para calmarlas, mientras funcionarios y pseudo empresarios pesan bolsos de dinero.

 

Desde el punto de vista estrictamente económico la tan denostada economía de mercado es más eficiente que el populismo y el intervencionismo porque para poder progresar el sistema exige que inevitablemente el empresario tenga que hacer progresar a los trabajadores con mejores sueldos y condiciones laborales, al tiempo que también hacen progresar a los consumidores porque éstos solo les compraran si producen algún bien de buena calidad y a precio competitivo. No es por benevolencia que ganan plata los empresarios en una economía de mercado, sino por esforzarse para obtener el favor de los consumidores. A diferencia del intervencionismo populista en que se acumulan fortunas sin invertir y expoliando a consumidores y trabajadores, conformándolos con migajas que “bondadosamente” les otorga el autócrata de turno.

 

Pero además de ser más eficiente la economía de mercado, su gran diferencia con el intervencionismo es que está basada en principios morales y éticos en que nadie se apropia de lo que no le corresponde. No se usa al Estado y a sus funcionarios para que, con el monopolio de la fuerza, se desplume a trabajadores y consumidores. No se hace de la corrupción una forma de construcción política en que las voluntades se compran.

 

Por eso, y para ir finalizando, el drama de los pueblos es que cuando se instala el populismo, se van cambiando los valores de la sociedad, donde la cooperación pacífica y voluntaria entre las personas es dejada de lado y se impone la prepotencia, el robo legalizado, la corrupción y el vivir a costa de otra como forma de vida.

 

Como se ve, no estamos hablando solo de eficiencia económica cuando hablamos de capitalismo versus populismo. Estamos diciendo que la economía de mercado es un imperativo moral frente a la inmoralidad del populismo intervencionista, dado que en este último imperan la corrupción y el saqueo. La decencia, la honestidad en la función pública y la transparencia en los actos de gobierno no son la esencia del populismo. Por eso el populismo no solo es ineficiente como organización económica, sino que es fundamentalmente inmoral porque su funcionamiento así lo requiere.

 

 

3.             La marihuana, el sexo y Ámsterdam 

Autor: Jeffery A. Miron

 

Durante los últimos veinte años he investigado la economía relacionada con la legalización de las drogas y la prohibición de ellas. Basándome en ese trabajo y en evidencia adicional, he llegado a considerar a la legalización como una política fácil de comprender. Virtualmente todos los efectos serían positivos, con riesgos mínimos de efectos negativos considerables.

 

Una porción importante de esa investigación ha sido la examinación de la política de drogas en los Países Bajos, donde la marihuana es virtualmente, aunque no técnicamente, legal. Hasta hace poco, sin embargo, nunca había visitado ese país.

 

Eso cambió el mes pasado cuando mi esposa, mis hijos en edad universitaria y yo pasamos una semana en Ámsterdam. El viaje no fue una excusa para fumar marihuana en los famosos coffee shops de la ciudad; a pesar de mi posición a favor de la legalización, no consumo drogas ilegales (los martinis secos son un caso aparte).

 

En cambio, escogimos Ámsterdam porque es una ciudad interesante que no habíamos visitado (y porque teníamos millas de viajeros frecuentes para vuelos sin escala). Visitamos las destinos turísticos usuales como el Museo de Van Gogh y la casa de Ana Frank, disfrutamos de rijsttafel (comida holandesa-indonesia) y la cerveza holandesa, y (apenas) evitamos ser atropellados por las 600.000 bicicletas en Ámsterdam.

 

También visité el famoso Red-Light District, donde hay varios coffee shops que venden marihuana y prostitución legal (con mi esposa a mi lado; saque sus propias conclusiones). Los partidarios de la legalización señalan a Ámsterdam como evidencia de que la legalización funciona, al menos para la marihuana. Los críticos de la legalización, como el ex Zar Gil Kerlikowske, cree en cambio que la política holandesa está errada, generando delincuencia y efectos fastidiosos. Solo la observación en persona podría dar una percepción clara de qué descripción es más precisa.

 

La belleza muchas veces es algo subjetivo, así que los prohibicionistas puede que no se convenzan con mis observaciones.

 

A mi manera de ver, sin embargo, el Red Light District no podría haberse sentido más seguro o normal. Si, la marihuana estaba extensamente disponible. Y si, servicios sexuales de todo tipo estaban siendo ofrecidos en público.

 

Pero nada acerca de este distrito se sentía inseguro, o sugería un nivel elevado de crimen o violencia; me he sentido menos seguro en muchas ciudades estadounidenses y europeas. La zona está llena de personas jóvenes, incluyendo muchos turistas, divirtiéndose o buscando hacerlo. Algunos sin duda estaban bajo la influencia de la marihuana o del alcohol, o tomando otros riesgos. Ninguno de estos “comportamientos riesgosos”, sin embargo, estaban perjudicando a terceros.

 

La ausencia de violencia no debería sorprender. La prohibición, no el consumo de drogas, es la principal razón por la que se asocia la violencia con las drogas, la prostitución, los juegos de azar, o cualquier servicio o producto prohibido. En un mercado legal, los participantes resuelven sus disputas con abogados, cortes, y mediante la arbitración. En un mercado ilegal, no pueden utilizar estos métodos y recurren a la violencia.

 

De manera que el factor determinante de la violencia es si una industria es legal, como la historia de la prohibición del alcohol nos enseña. Esa industria fue violenta en el periodo entre 1920 y 1933, cuando el gobierno federal y muchos gobiernos a nivel de los estados prohibieron el alcohol, pero no antes ni después. Y si el gobierno hubiese prohibido el tabaco, o el café, o el helado, o cualquier bien con una demanda sustancial y sustitutos imperfectos, un mercado negro violento hubiese surgido.

 

Los partidarios de la prohibición puede que aún considerando esto se opongan a la política holandesa porque consideran todo tipo de consumo como algo indeseable, incluso si no genera daño alguno a terceros. La economía básica predice que, si otros factores se mantienen constantes, las prohibiciones reducen el uso al elevar los precios de las drogas. Pero nada en la economía dice que el precio es el único factor que determina el consumo; para muchos consumidores, otros factores importan más.

 

Nuevamente, la evidencia de los Países Bajos es reveladora. En 2009, la tasa de consumo de marihuana durante el año anterior fue de 11,3 por ciento en EE.UU. pero solamente de 7,0 por ciento en los Países Bajos. Esto no comprueba que la legalización reduce el consumo de drogas; muchos otros factores están en juego. Pero estos datos difícilmente respaldan la afirmación de que la prohibición tiene un impacto concreto en la reducción del consumo.

 

Cuando hicimos un tour de la ciudad en barcaza por los canales, el guía comentó que “A pesar de las drogas y la prostitución legalizada, Ámsterdam es una ciudad segura”. Mi hijo, quien me había escuchado hablar por años acerca de la prohibición, se volteó y me dijo, “Debió decir ‘Gracias a que las drogas y la prostitución son legales, ¿verdad?’”

 

Exactamente.

 

 

4.             Chile: Los revolucionarios y el 11 de septiembre 

Autor: Mauricio Rojas

 

¿Cómo llegamos al 11 de septiembre de 1973? Esta es la pregunta clave que debiéramos ser capaces de responder a cuatro décadas del golpe militar. Es hora de entender cómo un día llegamos a odiarnos con tal frenesí que nos dimos el terrible derecho a destruirnos los unos a los otros. La muerte de nuestra democracia no fue un accidente inesperado, sino producto de una larga enfermedad que se había ramificado por todo el tejido social, destruyendo la convivencia cívica y convirtiendo a Chile en un país en guerra civil mental. Sólo faltaban los tanques en la calle, hasta que un día allí los tuvimos.

 

Posteriormente, esa historia se ha acallado. En parte sepultada por el horror de los crímenes de la dictadura, pero también por la manipulación de quienes se benefician de ese silencio. Pocas voces han sido tan sinceras como la de Radomiro Tomic, que en agosto de 1973 le escribía al general Carlos Prats: “Sería injusto negar que la responsabilidad de algunos es mayor que la de otros, pero, unos más y otros menos, entre todos estamos empujando a la democracia chilena al matadero”. Y luego agregaba: “Como en las tragedias griegas, todos saben lo que va a ocurrir, todos dicen no querer que ocurra, pero cada cual hace precisamente lo necesario para que suceda”.

 

Sí, todos sabíamos que el país se encaminaba hacia el golpe militar, la guerra civil o, como creía Carlos Altamirano, la creación de un Vietnam chileno. Pero en lugar de hablar de esta verdadera tragedia se nos ha contado una historia de opereta, donde los infaltables imperialistas yanquis manipulan a unos generales traidores que ponen fin a los intentos democráticos de todo un pueblo por construir una sociedad mejor.

 

Al mismo tiempo, se nos bombardea con imágenes televisivas o museos recordatorios que nada explican, simplemente porque nada quieren explicar. Esas imágenes son necesarias, pero están allí para impactarnos y emocionarnos, no para desarrollar nuestra capacidad de entender y juzgar lo que realmente pasó.

 

Por mi parte, hace tiempo que llegué al convencimiento de que si algo le debíamos a Chile quienes participamos en los hechos que desembocaron en el golpe es justamente una reflexión sincera sobre ello. Especialmente si uno proviene de esa izquierda revolucionaria que apostó por la destrucción de la democracia y la lucha fratricida como medio para crear una sociedad acorde con sus ideales. Nuestra responsabilidad no fue pequeña por lo que ocurrió en Chile y de ella no nos exime el que después hayamos sido víctimas de las tropelías de la dictadura.

 

Es esa perspectiva autocrítica resaltan tres hechos. El primero es la determinación de Allende y la Unidad Popular de llevar adelante un proceso de transformaciones revolucionarias sin contar con el respaldo de la mayoría del país. Sólo la estructura defectuosa de nuestro sistema institucional y un uso mañoso de todo tipo de artimañas y resquicios legales permitió poner en práctica un propósito semejante. Lo que Allende pretendió fue volver las formas (manipuladas) de la democracia contra el verdadero espíritu de la misma y eso no podía terminar bien. Se trata de ese “gran desprecio por la democracia” del que Eduardo Frei Montalva hablaba en una carta de mayo de 1975.

 

A este hecho hay que sumarle el accionar del extremismo político, que hizo imparable la marcha de Chile hacia el abismo. Al respecto, cabe recordar que ya en 1967 el partido de Salvador Allende había adoptado, por unanimidad, una resolución estableciendo que “la violencia revolucionaria es inevitable y legítima” y “constituye la única vía que conduce a la toma del poder político y económico”. Allí se declaraba, además, el carácter instrumental de “las formas pacíficas o legales de lucha”: “El Partido Socialista las considera como instrumentos limitados de acción, incorporados al proceso político que nos lleva a la lucha armada”. Este es el trasfondo nada folclórico de la “revolución con sabor a vino tinto y empanadas”.

 

La radicalización de los socialistas culmina en el Congreso de La Serena, de enero de 1971, donde Altamirano es elegido secretario general y los sectores provenientes del Ejército de Liberación Nacional (ELN), creado por el Che Guevara, se hacen con el control de los órganos directivos del partido. Este es un dato clave para entender la dinámica de los años siguientes y la impotencia de Allende para contener la deriva extremista de sus propias fuerzas.

 

A su vez, también el Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR) se radicaliza. A fines de 1967 la dirección pasa al grupo de jóvenes liderado por Miguel Enríquez y la estrategia política se decanta por la “guerra revolucionaria, prolongada e irregular”. Por ello, en 1969 el MIR pasa, junto con otros grupos guerrilleristas (ELN, VOP y MR2), a la lucha armada. Hasta mediados de 1970, cuando el MIR suspende tácticamente sus acciones militares, se habían llevado a cabo una decena de asaltos a bancos, cuatro secuestros de aviones, tres asaltos a armerías y decenas de atentados con bombas.

 

En suma, fuimos muchos los “idealistas” que sembramos los vientos de la discordia y la violencia y cosechamos una dictadura muy distinta a aquella del proletariado con que soñábamos. Nada justifica las brutalidades cometidas por los militares, pero tampoco nada justifica nuestro aporte a la creación de un clima de odios fratricidas entre los chilenos. Es hora de ser honestos y, con las palabras de Ricardo Lagos, decir: “Para nunca más vivirlo, nunca más negarlo”.

 

 

5.             Entrega del país a los castristas 

Autor: Jacques Thomet

 

Por haber vivido durante cinco años en Colombia (1999-2004) como director de la Agencia France-Presse, y por haber seguido informando acerca de vuestro país a través de mi blog y de mis libros de investigación, puedo decir que estoy consternado por el deslizamiento gradual de vuestro pueblo hacia los abismos del horror comunista en provecho de las FARC.

 

El arquitecto de este descenso a los infiernos, si no hay una reacción popular que lo impida, no es otro que Juan Manuel Santos. Este presidente que ustedes eligieron en 2010 ha tirado a la basura el legado de Álvaro Uribe y su política de seguridad democrática, para sacar de un sombrero mágico, en agosto de 2012, el espejismo de un acuerdo de paz con los terroristas de las FARC.

 

Su objetivo no tiene nada que ver con la salvación de Colombia. Su objetivo es que le concedan un día el premio Nobel de la Paz, el mismo que buscaba el ex presidente Andrés Pastrana cuando le entregó el Caguán a las FARC como zona desmilitarizada, de siniestra memoria, controlada únicamente por ellos, entre 1998 y 2002.

 

Esta no será la paz de los valientes, como la que pactó Argelia con el general Charles De Gaulle, será la paz de los cementerios, tan llenos ya por las atrocidades de esa guerrilla criminal.

 

Si el plan de paz inventado por vuestro presidente llega a concretarse, nadie dará nada por vuestras libertades, vuestros ingresos, y sobre todo por el lugar que Colombia está llamada a reivindicar en el primer mundo por su dinamismo reconocido.

 

La negociación en curso está a punto de culminar. Si esa espiral negativa se concreta ello llevará a la destrucción de vuestro país en favor de un régimen comunista, como el de Cuba, donde viven desde hace un año los enviados del poder al lado de los terroristas de las FARC.

 

Pero ustedes no son conscientes de eso. Perdónenme por decirlo, pero me refiero a vuestra falta de reacción, para no calificarla de anestesia colectiva. ¿Cómo podéis admitir que todos los comandantes de las FARC puedan no sólo ser amnistiados, sino que puedan ser autorizados a aspirar a mandatos electivos gracias a una nueva Constitución redactada por sus delegados?

 

Los más jóvenes de ustedes no tienen la excusa de la ignorancia pues viven en la era de Google. Basta sólo con escribir FARC-secuestros, FARC-militares, o FARC-atentados para darse cuenta de la orgía criminal que ha provocado la muerte de más de 200,000 colombianos desde 1964.

 

Durante los gobiernos de Álvaro Uribe (2002-2010), los secuestros cayeron de 3,200 al año a menos de 300, y los principales jefes de las FARC fueron abatidos u obligados a huir a Venezuela y a permanecer en refugios garantizados por el ex presidente Hugo Chávez y su sucesor, Nicolás Maduro.

 

En Cuba, las supuestas negociaciones de paz entre los jefes terroristas y los delegados silenciosos del gobierno languidecen desde hace un año para haceros creer que hay un intercambio correcto. ¡Pero no hay ningún diálogo!

 

Pronto se os pedirá que aceptéis como representantes, senadores, alcaldes y concejales, sin haber sido elegidos, a los ex jefes guerrilleros ahora protegidos por la negativa presidencial de extraditarlos a los EE.UU., donde ellos son buscados como lo eran los hermanos jefes del cartel de Cali, quienes fueron extraditados por Álvaro Uribe.

 

En julio pasado, 21 soldados colombianos fueron brutalmente asesinados por la guerrilla, la cual, hay que recordarlo, deriva su financiamiento del tráfico de cocaína y de los rescates de secuestrados.

 

¿Quién de ustedes ignora que la zona del Catatumbo, cerca de Venezuela, se convirtió en una tierra de nadie en manos de las FARC, a pesar de que Juan Manuel Santos había dicho, cuando asumió el cargo, que no abandonaría “ni un milímetro” del territorio a los terroristas?

 

 

6.             Los peligros de la envidia 

Autor: Alberto Benegas Lynch

 

En debates abiertos se avanza o retrocede según sea la calidad y la penetración de los argumentos, pero cuando irrumpe el envidioso no hay razonamiento posible puesto que no surgen ideas sino que se destila veneno. Este fenómeno constituye una desgracia superlativa ya que se odia el éxito ajeno y cuanto más cercana la persona exitosa mayor es la fobia y el espíritu de destrucción. Habitualmente el envidioso de los logros ajenos está en relación directa a la proximidad. En nuestro siglo no se envidian las hazañas intelectuales de Sócrates sino del vecino, del pariente, del par o de quienes viven en la misma sociedad.

 

En el plano económico y jurídico el problema se torna grave puesto que se pretende limar los resultados de los que sobresalen por sus talentos y capacidades con lo que tiende a desmoronarse el edificio de las relaciones interpersonales. Se aniquilan las ventajas de los procesos de mercado junto a todo el andamiaje institucional.

 

Lo insidioso de la envidia es que no se muestra a cara descubierta sino que se tira la piedra y se esconde la mano. El envidioso siempre se oculta tras una máscara. Le desagrada la mejor posición del otro hasta el límite que a veces no toma en cuenta los propios perjuicios que se generan cuando sus dardos dan en el blanco. Un destacado empresario cubano exiliado en la Argentina contaba que un fulano que quedó en la isla, cuando se le señaló los desastres del comunismo para él mismo y para todos sus compatriotas reconoció el hecho pero dijo con alegría y satisfacción que “por lo menos” tales y cuales comerciantes exitosos quebraron.

 

La manía de la guillotina horizontal procede también de la envidia además de conceptos errados. De allí surge el inaudito dicho por el que “nadie tiene derecho a lo superfluo mientras alguien carezca de lo necesario”, como si nadie pudiera comer langosta antes que todo el planeta tuviera pan sin comprender que el lujo es el estímulo para que los eficientes expandan su producción haciendo que lo superfluo hoy resulte en un bien de consumo masivo mañana. Las tasas de capitalización que resultan de ganancias incrementadas es lo que hace posible salarios e ingresos mayores en términos reales. Que nadie pueda contar con una computadora antes que todos dispongan de papel y lápiz es tan descabellado como suponer que nadie pueda tocar la guitarra antes que todos tengan zapatos.

 

No solo no se ve la conexión entre los beneficios y mayores márgenes operativos con la mejora en los niveles de vida de los demás, sino que se suele insistir en las virtudes de la pobreza como si fuera una cualidad moral excelsa, elucubración por cierto contradictoria, incompatible y mutuamente excluyente con la articulación de un discurso que proclama la necesidad de reducir la pobreza.

 

Hay una célebre carta del ministro de la Corte Suprema de EE.UU. Oliver Wendell Holmes, Jr. dirigida al economista de la London School of Economics Harold Laski fechada el 12 de mayo de 1927 en la que se consigna que “No tengo respeto alguno por la pasión del igualitarismo, la que me parece simplemente envidia idealizada”. Esto es así, fuera de las conclusiones insensatas sobre la llamada redistribución de ingresos, ocupa un amplio terreno la envidia que ingresa de contrabando bajo un ropaje argumental vacío de sustancia.

 

Hoy en día la mayor parte de los discursos políticos están inflamados de odio y resentimiento a quienes han construido sus fortunas lícitamente en los mercados abiertos, mientras que esos mismos políticos generalmente se apoderan de dineros públicos y les cubren las espaldas a mafiosos amigos del poder que asaltan a la comunidad con sus privilegios inauditos.

 

En realidad, en un contexto de libertad y de competencia la asignación de recursos depende de los gustos y preferencias de la gente a través de los votos en los plebiscitos diarios del supermercado y equivalentes. Entonces, la diferencia de patrimonios y rentas derivan de esas votaciones, las cuales no son irrevocables ya que son cambiantes en la medida en que se acierte o se yerre en satisfacer los requerimientos de los demás. Y cuando se habla de monopolio lo que debe resultar claro es que deben combatirse los otorgados por el poder político puesto que los naturales son consecuencia del apoyo del público consumidor. En otros términos, el monopolio que no surge del privilegio estatal constituye un paso necesario en los procesos abiertos ya que el que primero descubre un producto farmacéutico o una nueva tecnología no debe ser combatido por ser el primero sino que debe mantenerse la competencia para que la cantidad de oferentes sea la que la gente vote en el mercado. Competencia no quiere decir que haya uno, varios o ninguno, todo depende de las circunstancias imperantes, el tema central es que el mercado se encuentre permanentemente abierto de par en par al efecto de que cualquiera desde cualquier punto del planeta puede ingresar al mercado con sus bienes o servicios.

 

Los Gini ratios y similares pueden constituir curiosidades de algún valor para conocer la dispersión del ingreso, pero son irrelevantes para concluir que el delta es mejor o peor. Como ha escrito el premio Nobel en economía James Buchanan “mientras los intercambios se mantengan abiertos y mientras la fuerza y el fraude queden excluidos, aquello sobre lo cual se acuerda es, por definición, eficiente”. Por eso es que Friedrich Hayek ha consignado que “La igualdad de normas del derecho es la única igualdad que conduce a la libertad y la única que debe asegurarse sin destruir la libertad”, Ludwig von Mises apunta que “La desigualdad de los individuos respecto a la riqueza y los ingresos es una característica esencial de la economía de mercado” y Robert Nozick se detiene a mostrar las incoherencias de la guadaña estatal tendiente a reducir las diferencias de ingresos y patrimonios y lo mismo hace Robert Barro al mantener que “el determinante de mayor importancia en la reducción de la pobreza es la elevación del promedio del ingreso [ponderado] de un país y no el disminuir el grado de desigualdad”.

 

Como hemos señalado antes, el igualitarismo de resultados no solo contradice las indicaciones de la gente en el mercado con lo que se consume capital y consiguientemente se reducen salarios, sino que, estrictamente, es un imposible conceptual puesto que las valorizaciones son subjetivas y, por ende, no habría una redistribución que equipare a todos por igual (además, las comparaciones intersubjetivas no son posibles) y, para peor, aún no considerando lo dicho, en cualquier caso debe instaurarse un sistema de fuerza permanente para redistribuir cada vez que la gente se salga de la marca igualitaria. Este es el problema de autores como los Rawls, Dworkin, Thorow, Tobin o Sen para citar los más destacados propulsores del igualitarismo.

 

La llamada “justicia social” puede significar una de dos cosas: o es un pleonasmo grosero ya que la justicia no puede ser vegetal, mineral o animal o, de lo contrario, se traduce en la facultad de los aparatos estatales para sacar lo que les pertenece a unos para darlo a otros a quienes no les pertenece lo cual contradice la clásica definición de Justicia de “dar a cada uno lo suyo”. Por eso es que Mencken explica que para el envidioso el problema no es la injusticia sino que “es la justicia lo que duele”.

 

Como queda dicho, en los debates aparecen las contradicciones y los saltos lógicos pero frente al envidioso no hay defensa sobre todo porque opera en las sombras alegando otras razones que son meros disfraces y máscaras que ocultan su disgusto mayúsculo para con los que sobresalen y, en general, contra cualquier manifestación de excelencia. De más está decir que la envidia no solo arremete contra los exitosos en el mundo de los negocios, la emprenden también con virulencia contra los que se destacan en ámbitos académicos, deportivos y artísticos. El odio está dirigido a los mejores, sin atenuantes. Para recurrir a la terminología de la teoría de los juegos, se presenta aquí un proceso de suma cero: el triunfo del prójimo es la derrota del envidioso que la siente como una pérdida personal irreparable.

 

Tal vez las tres obras que tratan con mayor rigor y solvencia el peligro de la envidia sean la de Helmut Schoeck (La envidia. Una teoría de la sociedad), la de Robert Sheaffer (Resentment Against Achievement) y la editada por Peter Salovey (The Psychology of Jealousy & Envy, London).

 

Termino con una cita del primero de los libros mencionados que resume magníficamente el tema que nos ocupa en esta nota periodística: “La mayoría de las conquistas científicas por las cuales el hombre de hoy se distingue de los primitivos por su desarrollo cultural y por sus sociedades diferenciadas, en un palabra, la historia de la civilización, es el resultado de innumerables derrotas de la envidia, es decir, de los envidiosos”.

 

 

El GGC puede ser encontrado en YahooGroups y en FaceBook

 

 

 

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